domingo, 19 de febrero de 2012

Sólo envejecía los días de lluvia (II)

Continuó su camino, recorriéndose todos los tejados y las calles del mundo, cruzando los mares colgado de los mástiles y de los botes salvavidas. Conoció a multitud de personajes. En el desierto encontró a dos amantes que envejecían con el roce de la luz del sol, y que se habían marchado a aquel rincón del mundo lleno de arena para disfrutar de la más intensa y efímera de las historias de enamorados. Pero también encontró un niño que sólo crecía con el roce de los copos de nieve, y que en medio de aquel océano terroso permanecía siempre joven. Ya al otro lado del mundo encontró a una mujer hermosa y triste, que sólo envejecía cuando contaba cuentos. Ella le pidió que escuchara una de sus historias, y así lo hizo él, escuchando atentamente la historia de la gata que un día soñó con los tejados, y de como desde aquel día todo aquel que tiene algo de gato en su alma desea pasear por el cielo de las casas. A ella se le platearon algo más los cabellos y él se fue pensando en que tal vez tuviera algo de gato en el alma. Pero a pesar de todo seguía sin encontrar a alguien que envejeciera sólo los días de lluvia.

Ya agotado de buscar y buscar llegó a una ciudad en medio de una frondosa selva. Había tantos tejados que ni la vista de mil búhos podía abarcarlos, y tantos cables entre ellos que podría haber ido de punta a punta de la ciudad en tirolina. Los monos se paseaban por entre aquellos aéreos callejones, saludándole con una mano en el corazón y con la otra quitándose un sombrero imaginario. En vez de coches había elefantes que eran como azoteas en perpetuo movimiento y los habitantes, encantadores, pronto comenzaron a dejarle platos de arroz y de extrañas especias en los balcones. Y es que en aquella ciudad no cesaba de llover. Llovía y llovía día tras días sin descanso, a veces hasta que los tenderos parecía extraños peces rodeados de arrecifes de frutas y verduras. Y como la lluvia no parara el no descendía nunca de los tejados y pronto no hubo nadie en la ciudad que se sorprendiera de su presencia. Y como siguiera lloviendo el envejecía inexorablemente día a día.

Allí la conoció a ella, era una joven rubia y de ojos verdes, siempre seria, aunque no malhumorada, y que jamás hablaba, aunque de vez en cuando dejaba escapar algún silbido cantarín. Se paseaba silenciosamente de poste en poste telefónico con la cabeza en las nubes y la mirada perdida, como inmersa en un mundo que nadie más podía sentir o apreciar.
En ocasiones pasaba a su lado sin mirarle siquiera, concentrada en su mundo interior que sólo ella conocía. Él le pasaba la mano delante de los ojos sin que conseguir que se inmutara siquiera, le hacía muecas y saltaba por encima de su cabeza haciendo volteretas impresionantes y ruidosas. Pero ella continuaba su camino sin tropezarse ni sorprenderse por nada. Un día, tras varias semanas de intentos desesperados y con la curiosidad hirviéndole por dentro, se plantó ante ella en un cruce de azoteas y gritó como un salvaje hasta que se quedó sin aliento. Tras ésto ella levantó la mirada repentinamente y aturdida, como si la acabaran de sacar de una profunda reflexión o quizás de un largo sueño.

- ¡Hola!-dijo ella- como si lo acabara de ver por primera vez. ¿Quién eres? -preguntó-


- Soy el que sólo envejece los días de lluvia, ¿Y tú?

- Yo soy la que envejece sólo cuando consigue imaginar cosas nuevas, si mi mente se estanca en este mundo jamás conseguiré aprender nada nuevo, ni saber lo que se siente al cumplir treinta años, o medio siglo. No podré siquiera tener algo nuevo sobre lo que pensar, o nuevas razones para entristecerme o alegrarme. Por eso estoy sola, porque nadie ha conseguido hacerme imaginar nada. Por eso me dedico a soñar despierta día tras día.


Tras aquel encuentro hablaron todos los días. Ella le contaba los mil mundos que creaba y destruía en su pensamiento a cada paso que daba por los tejados y él inventaba para ella mil aventuras para colorear su mente, o le hablaba de todas las personas que había conocido en sus viajes. Otras veces le dibujaba paisajes, o le hacía retratos o plasmaba con los pinceles todo aquello que ella expresaba con su boca. Así pasaron los días, bajo la lluvia y las constantes fantasías,que los hacían envejecer sin cesar. Saltaban a las calles sólo para zambullirse en los charcos y gritar como animales enloquecidos y volvían a escalar por las paredes llenas de humedades e interpretaban sus propias obras de teatro. Otras veces se pintaban los rostros de colores e inventaban nuevos alfabetos y nuevos idiomas, y un millón de nuevos dioses sobre los que blasfemar. De esta forma el que sólo envejecía los días de lluvia y la que envejecía al imaginar se dirigieron juntos hacia la muerte impulsados por su propio tifón desbocado, con la total seguridad de que si algún día el tiempo los engullía por completo, ellos habrían vivido.

Sólo envejecía los días de lluvia (I)

Sólo envejecía los días de lluvia, como si las gotas que caían del cielo se llevaran consigo pedazos de su tiempo hacia los confines de las alcantarillas. El resto del tiempo permanecía intacto, como una estatua de mármol griego reluciendo al Sol.

Sólo envejecía los días de lluvia, y esos días salía a pasear por los tejados anaranjados de su ciudad. Saltaba de casa en casa, de teja en teja. Jugaba al equilibrismo con los gatos negros y ahuyentaba a las palomas que se refugiaban en los campanarios. También dibujaba en los cristales empañados y saludaba a la gente resguardada en sus hogares. Algunos se asustaban al verle y manchaban las mantas con chocolate caliente. Así los días de lluvia todas las casas se llenaban de pedazos de porcelana rota y de manchas de café en los sofás.

Otros, en cambio, ya le conocían y le dejaban vasos de leche en las repisas de las ventanas, o flores, o lápices de colores para que dibujara lo que se le ocurriera, o lo que viera o para que los adoquines se tiñeran un poco de su alegría. También hizo amistad con los músicos callejeros. Con aquel violinista gris de barba trenzada y cabeza bajo un sombrero siempre empapado, que le dedicaba mil sinfonías mientras él le escuchaba con pasión desde algún canalón cercano. Y también con aquella joven flautista de ojos azules y melena pelirroja que interpretaba sus saltos y sus piruetas a través del mar de antenas parabólicas. Así los días de lluvia aquella ciudad costera se quedaba sin la luz del Sol, pero a cambio se plagaba de pequeños cuadros anónimos que alegraban la vista a todos aquellos que se acordaran de mirar al cielo, y toda la urbe se convertía en un inmenso teatro con adoquines y tranvías rechinantes.

Sólo envejecía los días de lluvia, y por eso esos días salía a que le saltara el corazón del pecho con cada brinco entre las chimeneas. Pues quién sabe, quizás aquel día lloviera eternamente y toda su vida se fuera por delante aplastada por el peso de las nubes, o quizás sólo fuera una pequeña llovizna, o una tormenta de verano, que le trajeran madurez repentina, unos cuantos pelos más en la barbilla o nuevas arrugas bajo los ojos. De esta forma, con cada aguacero sus ojos se cargaban con unos gramos más de experiencia, sus pasos se hacían más firmes y le brotaban nuevos sueños. Pero jamás dejó de saltar sobre los cables telefónicos, ni de dibujar en los muros ni de saludar a los que se cruzaban con él por el techo de la ciudad.

Los días soleados no envejecía, ni tampoco los de ventolera, y entonces se dedicaba a aprender cosas nuevas, a conocer a gente y a explotar las nuevas capacidades adquiridas los días de tormenta. Durante esos días, o semanas, a veces meses, permanecía invicto al paso de las horas, como congelado por alguna magia maravillosa. Su pelo no crecía, ni tampoco sus huesos ni sus uñas. Durante esos días explotaba cada segundo como si fuera el último, atento siempre a las previsiones meteorológicas que podían anunciar su vejez en cualquier momento. Esos días no dormía, prefería soñar despierto e inventar historias. Saludaba a los vendedores de castañas y a los conductores de tranvía y a los pasteleros. Iba al colegio y trabajaba vendiendo periódicos, para no olvidarse de lo que ocurría en el mundo ni a ras del suelo.
A pesar de todo, a veces le atravesaba la tristeza, una tristeza tan intensa como lo eran sus alegrías, tan gris como las tempestades que le hacían envejecer. Y es que a pesar de todo se encontraba solo. Pues no tenía a nadie que quisiera correr con el por los tejados, a nadie que, como él, envejeciera sólo los días de lluvia.

Entonces decidió marcharse de allí, en búsqueda de quién envejeciera los días de lluvia. Buscó y buscó por todas partes, por todas las ciudades y pueblos. Primero buscaba entre las calles, y después se encaramaba a los tejados, preguntando a las mujeres que salían a tender y a los abuelos que salían a fumar si conocían a alguien que sólo envejeciera los días de lluvia. Así fue como descubrió mil nuevas constelaciones de tejados y de monumentos, un millón de nuevas cabriolas entre pájaros, árboles y azoteas.

Llegó a un lugar donde las casas eran palacios atrapados en los días de los cuentos, con torres curvadas en espiral y con murallas de colores. Allí conoció a un hombre negro que sólo envejecía con el sonido del buen blues, y que de tanto que amaba aquellas melodías envejecía cada día cientos de veces con una amplia sonrisa en los labios. También hizo amistad con un perro callejero, que dejaba de ser cachorro a medida que le aullaba a la Luna llena. Pero no encontró a nadie que envejeciera sólo los días de lluvia.

viernes, 3 de febrero de 2012

La realidad

Se despertó en aquella vida otra vez, como todas las mañanas. ¡Lástima!- pensó - Otra vez será.
Otro nuevo trance comatoso entre el dormir y el despertar. Abrió los ojos en aquella habitación amarilleada de tanto fumar que se desconchaba a toses intermitentes, tomó el paquete de tabaco y prendió uno de sus cigarrillos. Aspiró aquel asfalto de humo y cerró los ojos como si acabara de emerger a la superficie tras una eternidad sin aire.

Acarició su piel áspera llena de cicatrices, hechas de enfrentarse a la luna llena del vehículo del carril contrario armado tan sólo con demasiados litros de alcohol y con un pesado manojo de horas sin dormir. Buenos días.

Tomó aire, y la tormenta crónica que reinaba en su garganta se despertó de nuevo, como un genio de la lámpara gritando por más espacio. Tosió, como lo hacen los mineros en su día de jubilación, tras una vida tragando infierno. ¿Pero quién quiere escoria de la mina teniendo cigarrillos sobre la mesilla?

Se levantó y fue hacia el baño, hacia aquella ducha llena de óxido, mirándose en el espejo al pasar como saludando a un vecino. Señor- y se quitó un sombrero imaginario. El agua caía ni muy caliente ni muy fría, en un reguero fino e insípido que no se llevaba nada, ni la suciedad ni los pesares ni las ganas de volver a la cama.¿ Acaso eso sería otra mañana normal? Quizá ésta fuera distinta, con una banda de albano-cosovares entrando en el salón y llevándose los muebles, con él lanzándoles tenedores y sartenes desde la puerta de la cocina y mil disparos atravesando su pecho en su primera y última heroicidad. Primera plana: Héroe local muere tras enfrentarse a los asaltantes. “Siempre muy discreto, declara una vecina”. Pero no, aquella no era esa mañana.
Aquella era la realidad.

Se plantó frente a los fogones, poniendo el café a calentar y vigilando los cajones de la vajilla con el rabillo del ojo por si entraban los de los pasamontañas. Ya veréis, hijos de perra. Engulló aquel café que parecía cargado de metralla más que de cafeína y sorbió hasta el fondo del mar de la porcelana como si le fuera la vida en ello.

Aquello era su vida. Aquello y la fábrica repleta de engranajes. Engranajes por el techo tapando el Sol, engranajes en el suelo impidiendo que se lo tragase la tierra. Engranajes en la voz de aquellos monos grises vestidos de azul que decían ser humanos.¿ Me hablarán a mí?. Pero sólo entendía gritos de mono y más gritos de mono, así que seguía montando aquella pieza clonada de la cinta transportadora como si la cosa no fuera con él.

Su vida se narraba en tatuajes. En el Ojalá repetido mil veces sobre su espalda y nunca cumplido y en el Amor de su brazo derecho y que había dejado de entenderse hace tiempo. Todo a su alrededor parecía un montón de cajas en el desván y él una marioneta con los hilos enredados. El mono gris se encaramó a la mesa y gritó ordinarieces de mono. Él abrió los ojos en sorpresa y continuó su trabajo bajando la cabeza. Malditos monos.

A pesar de todo seguía esperando algo, seguía esperando el ring-ring del teléfono. No era un ring-ring cualquiera. Éste venía del otro lado de muchos kilómetros y traía consigo una voz que parecía siempre nueva de tanto tiempo que pasaba entre escucha y escucha. A veces el deseo del ring-ring le consumía, le superaba, los engranajes comenzaban a sonar como teléfonos, los monos grises sonaban como teléfonos, la cafetera burbujeante sonaba como un millón de teléfonos y los albano-cosovares venían armados con sinfonías telefónicas para taladrarle todas las paredes y arrancar todas sus puertas.¿ No podrían los teléfonos sonar a lluvia? Si sonaran a lluvia los engranajes parecerían diluviarían sin cesar, los monos grises caerían en chaparrón, la cafetera me inundaría y los ladrones llenarían la casa de humedales, pero el ring-ring no me atravesaría. Jodido teléfono y su maldito ring-ring.
Tras semanas, tras meses, sometido a esa agonía, cuando el tabaco le temblequeaba entre los dedos pitillo tras pitillo, decidía que había llegado el fin. Se desnudaba, arrancaba el cable telefónico de la pared como poseído por un tornado y lo anudaba al ventilador. Se encaramaba a la silla y se colgaba la soga al cuello y corría el nudo hasta perder la voz y preocupándose en todo momento por no romper el cable, mientras miraba fijamente al teléfono. Sobre la mesilla, al lado de los cigarrillos de cada día y de un cenicero siempre lleno. Adiós y buena suerte!

Entonces, cuando sólo distaba a un zarandeo del infierno asomaba como la Luna llena aquel ring-ring maldito, se libraba de su horca y saltaba del patíbulo y tomaba el auricular con frenesí y sudor empapando sus manos. Sonaba la voz, aquella voz ya ronca pero siempre de niño que traía consigo un montón de luz y de recuerdos de columpios en el parque y de cuentos por las noches. Y aunque ya no pedía ni dinero para los fines de semana ni cariño por los meses de ausencia. ¿Qué pasa, que se te ha olvidado que existo? Y unas risas. Medio verdad, medio ironía pero nunca rencor. Cierto, él nunca llamaba, siempre esperaba al ring-ring, como si desconociera el funcionamiento de las telas y de los números. Se recordaban los viejos tiempos como dos amigos que se conocieron en la guerra. Se actualizaban los nuevos, un choque de manos en la distancia y hasta luego, hasta la próxima.

Durante los minutos, quizás segundos, que duraba la llamada la realidad se distorsionaba un poco como el agua a punto de hervir para volver después a su estado normal, a aquello que algunos llamaban vida. Volvía a acariciar sus cicatrices, a saludarse en el espejo, a vigilar la puerta de la cocina y las sartenes colgadas del techo de la despensa, volvía a la amargura del café que tanto le recordaba así mismo y a obviar los chillidos de los monos grises de vestidos de azul. Tralalalala, no os oigo. Imaginaba nuevas formas de que la realidad cambiara, tal vez con una abducción extraterrestre, con un lío con una banda de mercenarios internacionales de origen guineano, con la llegada de un paquete extraño y sin remitente, lleno de un montón de órganos procedentes del mercado negro. O tal vez simplemente con un gato blanco y gris saltando de tejado en tejado..

Pero siempre caía de nuevo en aquella maldita melancolía del ring-ring, en aquel detestable ardor paranoico que le embutía y le hacía saltar las lágrimas, en aquel estado peor al alcoholismo que le corroía las entrañas con sal marina. Y de nuevo volvía a encaramarse a su particular ejecución privada. Nos volvemos a encontrar. Y como siempre, como un quiebro en los planes del destino, amanecía el sonido asesino y salvador.

Allí se encontraba aquel día, 34 de febrero del mes no me importa y del año vaya usted a saber. La angustia le había ahogado ya casi durante medio periodo infinito y ya no podía aguantar más. Detestaba a los monos y su color perpetuo, a los engranajes y su movimiento constante, a la realidad y a su encierro sin barrotes ni esquinas. Se había quedado sin café y había empezado a demoler las tazas para beber algo. Se quedó sin cuchillas de afeitar y comenzó a utilizar su propio reflejo, hasta que sólo podía saludarle por la única esquina que conservó, como una brecha en un muro por la que se vé le exterior de la celda. Miró al teléfono como pidiéndole por favor que sonara de una vez, pero sólo hubo silencio. La tristeza fue poco a poco crucificándole mientras se encontraba allí subido, ya sin ni siquiera poder humedecer los ojos de tantas lágrimas que había usado. Silencio. Finalmente se quedó sin paciencia y sin esperanza, se quedó solo. Silencio. Se ajustó aquella corbata tan bien conocida listo para asistir a su propio funeral. Silencio.

Por fin dio un paso al frente y se dejó caer, quedando allí pendiente tras un último talonazo a la silla, como un ángel desnudo empapado por la lluvia. Apretó los dientes hasta que se le saltaron, arañó la cuerda blanca hasta que se le doblaron las uñas y, finalmente dejó escapar su último aliento de vida. Adiós, realidad, espero no verte nunca más.

Ring-ring, el teléfono comenzó a sonar.