Mostrando entradas con la etiqueta Dany. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dany. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de mayo de 2012

Digo: Invento palabras

Digo: Me siento destarcalado, sí destarcalado, como una habitación en la que no deja de llover, con los muebles caídos, los libros por el suelo y la cubertería clavada en el techo lleno de nubes.



Digo: sí, detarcalado, y confundirioso, como perdido en un bosque de personas en movimiento que de repente se enraizaron al suelo de las calles, y no me dejaron ni andar ni correr, ni hablar ni ser libre. Entonces me enfurecí, por sentir que el mundo me tendía una trampa. Una trampa surgida de tus más terribles pensamientos, una trampa de gentes a las que ya no importa nada, ni el mundo, ni la vida, ni yo. Ni ellos mismos.



Digo: Destarcalado, confundirioso.



Digo: Abanderdido ¿Sigues necesitando una explicación? Abandonado por Dios y el Diablo, por no tener valor para rendirme. Confundido, porque ya no sé a dónde dirigirme.



Dices: (…)



Digo: Tú no dices.



Digo: Ya lo dijiste todo y nada.



Digo: Porque por ti ya sólo puedo decir penugnancia. Pena de llorar en nombre de todos los momentos que guardaste para no hacer nada. Repugnancia, tanta como para llenar de vómito todos los rincones de tu existencia. Por no haberla aprovechado.



Digo: Me faltan palabras para poder sentir en condiciones. Voy a llenar los márgenes del diccionario de blasfemias verbales. Escribiré mil veces las dos mil palabras que necesite para poder hablar, y las subrayaré en amarillo para que se te salgan los ojos de las órbitas cada vez que leas sus páginas.



Digo: Sí, algunos inventan palabras. Yo en cambio prefiero violarlas, acabar con su dignidad, corromperlas hasta que se desentrañan.



Dirán: ¡No existen!



Digo: ¿Y qué? El lenguaje es mío y me lo follo cuando quiero.



Dirán: ¡Oh! Que burdas palabras.



Digo: Mentira, peores son las palabras que son utilizadas para la mentira y para la falacia.



Dicen: (…)



Digo: Sólo dicen silencio, silencio insensible. Silensible. No se paran a contemplar nuestras miradas de incredulidad cuando vemos que ya nadie recuerda la tristeza. No ayudan a los mendigos desvanecidos, pasan de largo ante robos a mano armada, prefieren el fútbol a la defensa de sus derechos. No gritan, no se quiebran en llantos. Por dentro son desiertos. Por fuera no luchan ni viven. Carentes de identidad. Maniquíes sin rostro desperdigados por las costas de todas las ciudades. Llenándose de algas y de arena con el golpe de las olas.



Dice: (..)







Digo: Él dice que estoy loco, que la vida es perfecta y ordenada, que la guardería apunta al colegio y el colegio a la universidad. De la universidad al trabajo de tu vida. De tu vida, que es lo que tendrás que pagar a cambio de él. Un matrimonio y tres hijos, un chalet adosado con jardín y piscina. Vecinos idiotas que hacen barbacoas los domingos.



Decimos: Somos los que nos salimos del camino de tarjetas Visa Oro. Los armados con paciencia, puños cerrados y muy poca vergüenza. Somos los inadaptados. Los que sobrevivieron a las familias desestructuradas. Somos los que inventan palabras, e imágenes, cuentos y mundos paralelos. Porque lo real nunca es suficiente, y no me digas que no se puede cambiar.



Decimos: Somos los que dijimos en alto lo que otros ni siquiera se atrevieron a pensar. Los que esperan que diez mil años de evolución hayan servido para algo. Los que confían en el despertar de esos cerebros cargados de prejuicios y de métodos para escapar de la realidad.



Digo: Me voy, quiero ver el mundo, quiero grabar en mi memoria cada uno de los atardeceres de mi vida. Quiero conocer a toda la humanidad. Quiero hablar todas las lenguas, saborear todos los manjares del mundo. Quiero alegría. Quiero miedo, sudor, lágrimas, temblores, frío, quemaduras, herida de bala, palabras, silencios, abrazos, sueños. Quiero saberlo todo, conocerlo todo.



Decís: (…)



Digo: Decís que soy un soñador, que moriré como un apátrida. Sin origen ni familia ni amigos. Que no encontrarán mi cadáver. Que mi vida y mi alma se perderán. Que nadie recordará mi historia.



Digo: Que os jodan.



Digo: Son los momentos que poseo, y los deformaré hasta hacer de ellos esculturas de lo que siento.



Digo: Y un cuerno, la vida es monstruizante. Monstruosa, como un millón de litros de agua abalanzándose sobre ti. Alucinante, como contemplar la creación del sistema solar en segundos.



Digo: La vida es un enorme teatro, la vida es la verdad del mundo. Y decir la verdad de las cosas es decir la poesía de las cosas.



Dicen: (…)



Digo: No sé que dicen, tal vez he dejado de escucharles.



Digo: A la mierda la universidad, a la mierda la vida predefinida de filetes plastificados. A la mierda las amistades en holograma, los destinos homologados, felicidad en tetrabrick. Come a las dos, levántate a las siete, media hora en el gimnasio, tu imagen siempre será imperfecta, ejercicio envasado al vacío. Ocho porciones diarias de sueño. Soñar es para niños e inmaduros. Imaginar es de locos. Amor con conservantes, sexo con colorantes. Pero la luz apagada. Que le jodan a las veinticuatro horas de contacto inhumano, a la batería chupasangres del smartphone. Pronto la conectarán a nuestras almas. Pronto reiremos en sobres de doscientos gramos, sentiremos en emoticonos.



Digo: Pronto venderán porciones de catarsis en píldoras, orgullo en pastillas efervescentes, pasiones en complejos vitamínicos. El sentido de tu vida en galletitas de la suerte







Digo: Lárgate de aquí. Vive como te diga el instinto. Cambia drogas por cumbres nevadas y el What's up por la selva más lejana. Vive como lo sientas, no necesitas un título firmado por alguien que no conoces para lograr eso. Se acabó el contar calorías, el medir la cantidad de oxígeno utilizado para respirar. Que empiece todo de nuevo, que empiece la poesía, que empiecen los cuentos y el teatro.



Dicen: ¡Pero es terrible, vas a acabar con todo!



Digo: No, voy a crearlo todo.

miércoles, 18 de abril de 2012

El Cocinero del mar y las recetas maravillosas

Cada vez que alguien cenaba en aquel restaurante comenzaba a llover. Empezaba con una llovizna fina como alfileres con la llegada de los primeros comensales; continuaba ascendiendo hasta las nueve, hora predilecta para una agradable cena romántica; y terminaba con estruendosas tormentas cuando el establecimiento se encontraba a rebosar. A estas alturas el aguacero había conquistado ya las aceras con sus ejércitos de mares, las bombillas parpadeaban colgadas de las goteras de los techos y las alcantarillas hacían gárgaras, ahogándose en su pobre oficio de garganta permanente.

Tal era la fuerza de aquellos tifones los días de mayor afluencia a aquel lugar que los camareros servían a los clientes navegando sobre góndolas por entre las mesas, con cuidado de que las bandejas de plata no cayeran en las fauces de las profundidades marinas.
Se cerraban las ventanas y se corrían las cortinas, todo para evitar los tornados de cuberterías y servilletas bordadas, y los postres esparcidos sobre el techo. El mobiliario era de plomo, y todo experimentado del lugar sabía ya que flotadores, escafandras y neoprenos eran imprescindibles.

A pesar de todo, las delicias, las obras de arte que el chef creaba no dejaban de atraer a más y más paladares de todos los rincones del mundo. Con los consecuentes quebraderos de cabeza de los meteorólogos, que se acercaban día tras día a hojear el libreto de reservas para anunciar, en función de ella, la velocidad de los vientos huracanados y la negritud de las nubes monzónicas.

Se decía que el maestro cocinero, hombre calmado de penetrantes ojos azules, procedía de todos los mares de la Tierra, por los que había navegado sin detenerse, al no tener patria alguna. En sus viajes había ido recolectando especias y sabores, recetas ancestrales y texturas revolucionarias. Y con todos sus conocimientos y con la plata ganada tras muchos años de tirar los dados en las tabernas de mil puertos había fundado aquel restaurante.

Eran tales los manjares que en aquella cocina se forjaban que las lenguas de los que los degustaban se entristecían para siempre con el mundo real, como alguien al que le fuera concedido palpar el paraíso para que se lo arrebataran al instante siguiente. Así pues, los pudientes iban y venían una y otra vez, reservando anda más pedir la cuenta; y los menos ricos ahorraban durante meses, frenándose su vuelta tan sólo por las sesiones de terapia que reclamaban sus deprimidas papilas gustativas. Éstas desquiciaban a los psicólogos con la descripción de los platos principales, entrantes y postres. Hasta que las consultas se llenaban de saliva hambrienta. Y mientras las señoras de la limpieza se lanzaban a la carga, fregona en mano, para evitar que los edificios semejaran gigantes sudorosos, las ambulancias corrían de aquí para allá como torpedos luminosos para evitar la deshidratación de aquellos babosos con nostalgia alimentaria.

Cada día era ideal para acudir a aquel remanso de orgasmos gastronómicos, por lo que la saliva no dejaba de fundirse con el agua del cielo, destiñendo la pintura de los edificios. Así las aceras se llenaban de festivales de pintura y los bloques de pisos eran de un millón de colores que cambiaban a diario. Y como aquel líquido de consistencia de agua fangosa de río lo llenaba todo, cada mañana los habitantes de la ciudad descubrían una nueva gama de colores impregnando el contenido de sus armarios: “Hoy predominan los tonos verdiazules en la zona norte” -anunciaba la radio- “Aunque los naranjas parecen haberse concentrado en el barrio oeste”.

Los niños aprendían a nadar antes que a gatear y a los diez años todos eran excelentes navegantes. Los perros se teñían de verde y de amarillo y de morado. Las tortugas marinas de tonos violetas aparecían derrepente en los jardines y algunas veces era necesario descolgar los tiburones de los cables de la luz.




Sin embargo, una mañana de verano, cuando aquella viscosa sustancia parecida al estómago de mil generaciones de pinceles casi burbujeaba del calor, una carta llegó para el viejo marinero. Nadie sabe lo que en ella estaba escrito, pero algo en sus palabras de tinta oscureció la mirada del chef, el cual, sin decir adiós a nadie, se marchó de aquel lugar para siempre. Ya no hubo más platos deliciosos. Las depresiones invadieron la ciudad y la sequía se extendió como el crudo de un pozo petrolífero recién abierto, dejando tras de sí aquel barro multicolor.
El marinero se marchó, pero allí se quedaron todos aquellos edificios con aire de tizas de colores, aquellos animales marinos pegados a las fachadas y a las ventanas del autobús.

No obstante el tiempo lo cura todo, y la tristeza se fue marchando poco apoco de aquel rincón de la Tierra, como las febriles gotas del sudor de un enfermo. Y desde entonces, cada noche, cuando los habitantes de aquella extraña urbe duermen, llegan de nuevo a sus mentes los ojos azules del aquel viejo cocinero del mar, y los olores, texturas y sabores de aquellas recetas maravillosas. Y entonces, sólo entonces, las nubes vuelven a tapar la Luna, y el viento vuelve a enmarañar las hojas de los árboles, y una nueva tormenta vuelve a verterse sobre las aceras de la ciudad
.

domingo, 19 de febrero de 2012

Sólo envejecía los días de lluvia (II)

Continuó su camino, recorriéndose todos los tejados y las calles del mundo, cruzando los mares colgado de los mástiles y de los botes salvavidas. Conoció a multitud de personajes. En el desierto encontró a dos amantes que envejecían con el roce de la luz del sol, y que se habían marchado a aquel rincón del mundo lleno de arena para disfrutar de la más intensa y efímera de las historias de enamorados. Pero también encontró un niño que sólo crecía con el roce de los copos de nieve, y que en medio de aquel océano terroso permanecía siempre joven. Ya al otro lado del mundo encontró a una mujer hermosa y triste, que sólo envejecía cuando contaba cuentos. Ella le pidió que escuchara una de sus historias, y así lo hizo él, escuchando atentamente la historia de la gata que un día soñó con los tejados, y de como desde aquel día todo aquel que tiene algo de gato en su alma desea pasear por el cielo de las casas. A ella se le platearon algo más los cabellos y él se fue pensando en que tal vez tuviera algo de gato en el alma. Pero a pesar de todo seguía sin encontrar a alguien que envejeciera sólo los días de lluvia.

Ya agotado de buscar y buscar llegó a una ciudad en medio de una frondosa selva. Había tantos tejados que ni la vista de mil búhos podía abarcarlos, y tantos cables entre ellos que podría haber ido de punta a punta de la ciudad en tirolina. Los monos se paseaban por entre aquellos aéreos callejones, saludándole con una mano en el corazón y con la otra quitándose un sombrero imaginario. En vez de coches había elefantes que eran como azoteas en perpetuo movimiento y los habitantes, encantadores, pronto comenzaron a dejarle platos de arroz y de extrañas especias en los balcones. Y es que en aquella ciudad no cesaba de llover. Llovía y llovía día tras días sin descanso, a veces hasta que los tenderos parecía extraños peces rodeados de arrecifes de frutas y verduras. Y como la lluvia no parara el no descendía nunca de los tejados y pronto no hubo nadie en la ciudad que se sorprendiera de su presencia. Y como siguiera lloviendo el envejecía inexorablemente día a día.

Allí la conoció a ella, era una joven rubia y de ojos verdes, siempre seria, aunque no malhumorada, y que jamás hablaba, aunque de vez en cuando dejaba escapar algún silbido cantarín. Se paseaba silenciosamente de poste en poste telefónico con la cabeza en las nubes y la mirada perdida, como inmersa en un mundo que nadie más podía sentir o apreciar.
En ocasiones pasaba a su lado sin mirarle siquiera, concentrada en su mundo interior que sólo ella conocía. Él le pasaba la mano delante de los ojos sin que conseguir que se inmutara siquiera, le hacía muecas y saltaba por encima de su cabeza haciendo volteretas impresionantes y ruidosas. Pero ella continuaba su camino sin tropezarse ni sorprenderse por nada. Un día, tras varias semanas de intentos desesperados y con la curiosidad hirviéndole por dentro, se plantó ante ella en un cruce de azoteas y gritó como un salvaje hasta que se quedó sin aliento. Tras ésto ella levantó la mirada repentinamente y aturdida, como si la acabaran de sacar de una profunda reflexión o quizás de un largo sueño.

- ¡Hola!-dijo ella- como si lo acabara de ver por primera vez. ¿Quién eres? -preguntó-


- Soy el que sólo envejece los días de lluvia, ¿Y tú?

- Yo soy la que envejece sólo cuando consigue imaginar cosas nuevas, si mi mente se estanca en este mundo jamás conseguiré aprender nada nuevo, ni saber lo que se siente al cumplir treinta años, o medio siglo. No podré siquiera tener algo nuevo sobre lo que pensar, o nuevas razones para entristecerme o alegrarme. Por eso estoy sola, porque nadie ha conseguido hacerme imaginar nada. Por eso me dedico a soñar despierta día tras día.


Tras aquel encuentro hablaron todos los días. Ella le contaba los mil mundos que creaba y destruía en su pensamiento a cada paso que daba por los tejados y él inventaba para ella mil aventuras para colorear su mente, o le hablaba de todas las personas que había conocido en sus viajes. Otras veces le dibujaba paisajes, o le hacía retratos o plasmaba con los pinceles todo aquello que ella expresaba con su boca. Así pasaron los días, bajo la lluvia y las constantes fantasías,que los hacían envejecer sin cesar. Saltaban a las calles sólo para zambullirse en los charcos y gritar como animales enloquecidos y volvían a escalar por las paredes llenas de humedades e interpretaban sus propias obras de teatro. Otras veces se pintaban los rostros de colores e inventaban nuevos alfabetos y nuevos idiomas, y un millón de nuevos dioses sobre los que blasfemar. De esta forma el que sólo envejecía los días de lluvia y la que envejecía al imaginar se dirigieron juntos hacia la muerte impulsados por su propio tifón desbocado, con la total seguridad de que si algún día el tiempo los engullía por completo, ellos habrían vivido.

Sólo envejecía los días de lluvia (I)

Sólo envejecía los días de lluvia, como si las gotas que caían del cielo se llevaran consigo pedazos de su tiempo hacia los confines de las alcantarillas. El resto del tiempo permanecía intacto, como una estatua de mármol griego reluciendo al Sol.

Sólo envejecía los días de lluvia, y esos días salía a pasear por los tejados anaranjados de su ciudad. Saltaba de casa en casa, de teja en teja. Jugaba al equilibrismo con los gatos negros y ahuyentaba a las palomas que se refugiaban en los campanarios. También dibujaba en los cristales empañados y saludaba a la gente resguardada en sus hogares. Algunos se asustaban al verle y manchaban las mantas con chocolate caliente. Así los días de lluvia todas las casas se llenaban de pedazos de porcelana rota y de manchas de café en los sofás.

Otros, en cambio, ya le conocían y le dejaban vasos de leche en las repisas de las ventanas, o flores, o lápices de colores para que dibujara lo que se le ocurriera, o lo que viera o para que los adoquines se tiñeran un poco de su alegría. También hizo amistad con los músicos callejeros. Con aquel violinista gris de barba trenzada y cabeza bajo un sombrero siempre empapado, que le dedicaba mil sinfonías mientras él le escuchaba con pasión desde algún canalón cercano. Y también con aquella joven flautista de ojos azules y melena pelirroja que interpretaba sus saltos y sus piruetas a través del mar de antenas parabólicas. Así los días de lluvia aquella ciudad costera se quedaba sin la luz del Sol, pero a cambio se plagaba de pequeños cuadros anónimos que alegraban la vista a todos aquellos que se acordaran de mirar al cielo, y toda la urbe se convertía en un inmenso teatro con adoquines y tranvías rechinantes.

Sólo envejecía los días de lluvia, y por eso esos días salía a que le saltara el corazón del pecho con cada brinco entre las chimeneas. Pues quién sabe, quizás aquel día lloviera eternamente y toda su vida se fuera por delante aplastada por el peso de las nubes, o quizás sólo fuera una pequeña llovizna, o una tormenta de verano, que le trajeran madurez repentina, unos cuantos pelos más en la barbilla o nuevas arrugas bajo los ojos. De esta forma, con cada aguacero sus ojos se cargaban con unos gramos más de experiencia, sus pasos se hacían más firmes y le brotaban nuevos sueños. Pero jamás dejó de saltar sobre los cables telefónicos, ni de dibujar en los muros ni de saludar a los que se cruzaban con él por el techo de la ciudad.

Los días soleados no envejecía, ni tampoco los de ventolera, y entonces se dedicaba a aprender cosas nuevas, a conocer a gente y a explotar las nuevas capacidades adquiridas los días de tormenta. Durante esos días, o semanas, a veces meses, permanecía invicto al paso de las horas, como congelado por alguna magia maravillosa. Su pelo no crecía, ni tampoco sus huesos ni sus uñas. Durante esos días explotaba cada segundo como si fuera el último, atento siempre a las previsiones meteorológicas que podían anunciar su vejez en cualquier momento. Esos días no dormía, prefería soñar despierto e inventar historias. Saludaba a los vendedores de castañas y a los conductores de tranvía y a los pasteleros. Iba al colegio y trabajaba vendiendo periódicos, para no olvidarse de lo que ocurría en el mundo ni a ras del suelo.
A pesar de todo, a veces le atravesaba la tristeza, una tristeza tan intensa como lo eran sus alegrías, tan gris como las tempestades que le hacían envejecer. Y es que a pesar de todo se encontraba solo. Pues no tenía a nadie que quisiera correr con el por los tejados, a nadie que, como él, envejeciera sólo los días de lluvia.

Entonces decidió marcharse de allí, en búsqueda de quién envejeciera los días de lluvia. Buscó y buscó por todas partes, por todas las ciudades y pueblos. Primero buscaba entre las calles, y después se encaramaba a los tejados, preguntando a las mujeres que salían a tender y a los abuelos que salían a fumar si conocían a alguien que sólo envejeciera los días de lluvia. Así fue como descubrió mil nuevas constelaciones de tejados y de monumentos, un millón de nuevas cabriolas entre pájaros, árboles y azoteas.

Llegó a un lugar donde las casas eran palacios atrapados en los días de los cuentos, con torres curvadas en espiral y con murallas de colores. Allí conoció a un hombre negro que sólo envejecía con el sonido del buen blues, y que de tanto que amaba aquellas melodías envejecía cada día cientos de veces con una amplia sonrisa en los labios. También hizo amistad con un perro callejero, que dejaba de ser cachorro a medida que le aullaba a la Luna llena. Pero no encontró a nadie que envejeciera sólo los días de lluvia.

viernes, 3 de febrero de 2012

La realidad

Se despertó en aquella vida otra vez, como todas las mañanas. ¡Lástima!- pensó - Otra vez será.
Otro nuevo trance comatoso entre el dormir y el despertar. Abrió los ojos en aquella habitación amarilleada de tanto fumar que se desconchaba a toses intermitentes, tomó el paquete de tabaco y prendió uno de sus cigarrillos. Aspiró aquel asfalto de humo y cerró los ojos como si acabara de emerger a la superficie tras una eternidad sin aire.

Acarició su piel áspera llena de cicatrices, hechas de enfrentarse a la luna llena del vehículo del carril contrario armado tan sólo con demasiados litros de alcohol y con un pesado manojo de horas sin dormir. Buenos días.

Tomó aire, y la tormenta crónica que reinaba en su garganta se despertó de nuevo, como un genio de la lámpara gritando por más espacio. Tosió, como lo hacen los mineros en su día de jubilación, tras una vida tragando infierno. ¿Pero quién quiere escoria de la mina teniendo cigarrillos sobre la mesilla?

Se levantó y fue hacia el baño, hacia aquella ducha llena de óxido, mirándose en el espejo al pasar como saludando a un vecino. Señor- y se quitó un sombrero imaginario. El agua caía ni muy caliente ni muy fría, en un reguero fino e insípido que no se llevaba nada, ni la suciedad ni los pesares ni las ganas de volver a la cama.¿ Acaso eso sería otra mañana normal? Quizá ésta fuera distinta, con una banda de albano-cosovares entrando en el salón y llevándose los muebles, con él lanzándoles tenedores y sartenes desde la puerta de la cocina y mil disparos atravesando su pecho en su primera y última heroicidad. Primera plana: Héroe local muere tras enfrentarse a los asaltantes. “Siempre muy discreto, declara una vecina”. Pero no, aquella no era esa mañana.
Aquella era la realidad.

Se plantó frente a los fogones, poniendo el café a calentar y vigilando los cajones de la vajilla con el rabillo del ojo por si entraban los de los pasamontañas. Ya veréis, hijos de perra. Engulló aquel café que parecía cargado de metralla más que de cafeína y sorbió hasta el fondo del mar de la porcelana como si le fuera la vida en ello.

Aquello era su vida. Aquello y la fábrica repleta de engranajes. Engranajes por el techo tapando el Sol, engranajes en el suelo impidiendo que se lo tragase la tierra. Engranajes en la voz de aquellos monos grises vestidos de azul que decían ser humanos.¿ Me hablarán a mí?. Pero sólo entendía gritos de mono y más gritos de mono, así que seguía montando aquella pieza clonada de la cinta transportadora como si la cosa no fuera con él.

Su vida se narraba en tatuajes. En el Ojalá repetido mil veces sobre su espalda y nunca cumplido y en el Amor de su brazo derecho y que había dejado de entenderse hace tiempo. Todo a su alrededor parecía un montón de cajas en el desván y él una marioneta con los hilos enredados. El mono gris se encaramó a la mesa y gritó ordinarieces de mono. Él abrió los ojos en sorpresa y continuó su trabajo bajando la cabeza. Malditos monos.

A pesar de todo seguía esperando algo, seguía esperando el ring-ring del teléfono. No era un ring-ring cualquiera. Éste venía del otro lado de muchos kilómetros y traía consigo una voz que parecía siempre nueva de tanto tiempo que pasaba entre escucha y escucha. A veces el deseo del ring-ring le consumía, le superaba, los engranajes comenzaban a sonar como teléfonos, los monos grises sonaban como teléfonos, la cafetera burbujeante sonaba como un millón de teléfonos y los albano-cosovares venían armados con sinfonías telefónicas para taladrarle todas las paredes y arrancar todas sus puertas.¿ No podrían los teléfonos sonar a lluvia? Si sonaran a lluvia los engranajes parecerían diluviarían sin cesar, los monos grises caerían en chaparrón, la cafetera me inundaría y los ladrones llenarían la casa de humedales, pero el ring-ring no me atravesaría. Jodido teléfono y su maldito ring-ring.
Tras semanas, tras meses, sometido a esa agonía, cuando el tabaco le temblequeaba entre los dedos pitillo tras pitillo, decidía que había llegado el fin. Se desnudaba, arrancaba el cable telefónico de la pared como poseído por un tornado y lo anudaba al ventilador. Se encaramaba a la silla y se colgaba la soga al cuello y corría el nudo hasta perder la voz y preocupándose en todo momento por no romper el cable, mientras miraba fijamente al teléfono. Sobre la mesilla, al lado de los cigarrillos de cada día y de un cenicero siempre lleno. Adiós y buena suerte!

Entonces, cuando sólo distaba a un zarandeo del infierno asomaba como la Luna llena aquel ring-ring maldito, se libraba de su horca y saltaba del patíbulo y tomaba el auricular con frenesí y sudor empapando sus manos. Sonaba la voz, aquella voz ya ronca pero siempre de niño que traía consigo un montón de luz y de recuerdos de columpios en el parque y de cuentos por las noches. Y aunque ya no pedía ni dinero para los fines de semana ni cariño por los meses de ausencia. ¿Qué pasa, que se te ha olvidado que existo? Y unas risas. Medio verdad, medio ironía pero nunca rencor. Cierto, él nunca llamaba, siempre esperaba al ring-ring, como si desconociera el funcionamiento de las telas y de los números. Se recordaban los viejos tiempos como dos amigos que se conocieron en la guerra. Se actualizaban los nuevos, un choque de manos en la distancia y hasta luego, hasta la próxima.

Durante los minutos, quizás segundos, que duraba la llamada la realidad se distorsionaba un poco como el agua a punto de hervir para volver después a su estado normal, a aquello que algunos llamaban vida. Volvía a acariciar sus cicatrices, a saludarse en el espejo, a vigilar la puerta de la cocina y las sartenes colgadas del techo de la despensa, volvía a la amargura del café que tanto le recordaba así mismo y a obviar los chillidos de los monos grises de vestidos de azul. Tralalalala, no os oigo. Imaginaba nuevas formas de que la realidad cambiara, tal vez con una abducción extraterrestre, con un lío con una banda de mercenarios internacionales de origen guineano, con la llegada de un paquete extraño y sin remitente, lleno de un montón de órganos procedentes del mercado negro. O tal vez simplemente con un gato blanco y gris saltando de tejado en tejado..

Pero siempre caía de nuevo en aquella maldita melancolía del ring-ring, en aquel detestable ardor paranoico que le embutía y le hacía saltar las lágrimas, en aquel estado peor al alcoholismo que le corroía las entrañas con sal marina. Y de nuevo volvía a encaramarse a su particular ejecución privada. Nos volvemos a encontrar. Y como siempre, como un quiebro en los planes del destino, amanecía el sonido asesino y salvador.

Allí se encontraba aquel día, 34 de febrero del mes no me importa y del año vaya usted a saber. La angustia le había ahogado ya casi durante medio periodo infinito y ya no podía aguantar más. Detestaba a los monos y su color perpetuo, a los engranajes y su movimiento constante, a la realidad y a su encierro sin barrotes ni esquinas. Se había quedado sin café y había empezado a demoler las tazas para beber algo. Se quedó sin cuchillas de afeitar y comenzó a utilizar su propio reflejo, hasta que sólo podía saludarle por la única esquina que conservó, como una brecha en un muro por la que se vé le exterior de la celda. Miró al teléfono como pidiéndole por favor que sonara de una vez, pero sólo hubo silencio. La tristeza fue poco a poco crucificándole mientras se encontraba allí subido, ya sin ni siquiera poder humedecer los ojos de tantas lágrimas que había usado. Silencio. Finalmente se quedó sin paciencia y sin esperanza, se quedó solo. Silencio. Se ajustó aquella corbata tan bien conocida listo para asistir a su propio funeral. Silencio.

Por fin dio un paso al frente y se dejó caer, quedando allí pendiente tras un último talonazo a la silla, como un ángel desnudo empapado por la lluvia. Apretó los dientes hasta que se le saltaron, arañó la cuerda blanca hasta que se le doblaron las uñas y, finalmente dejó escapar su último aliento de vida. Adiós, realidad, espero no verte nunca más.

Ring-ring, el teléfono comenzó a sonar.

martes, 2 de agosto de 2011

El desboque de la bruja y el diablo

Erase una vez una bruja de colmillos de Luna, de piel de noche cerrada en paisaje desierto. Erase una vez una bruja descalabrada del cielo para salvar a aquel pobre condenado. Hilandera de palabras que robaban almas al infierno, enredadera de pulmones con la respiración hace tiempo sostenida.

Erase una vez un pobre diablo, vagando sin rumbo, caminando sobre la hojarasca que sudaba el otoño al caminar. Un demonio con los engranajes llenos de soledad, con las tuercas oxidadas de tristeza. Un diablo con todos los tornillos perdidos, con una vuelta de rosca de más. Con demasiada cerveza empapando su estómago de hierro.

Erase un impacto planetario, el choque de dos galaxias en espiral, mil vueltas de campana siderales. Erase una vez un viento huracanado, una maldición de diablo, un hechizo de bruja, un amor imperdonable entre dos mundos contrapuestos, entre pensamientos contradichos, entre mordiscos entrecortados.

Y erase que el diablo solo descansaba a calmar los mil infiernos de la bruja, a dormirse sobre sus pesadillas, a darle más calor del que se desbordaba por todas partes, a saltar los puntos de todas las heridas que el tiempo había abierto, para cerrarlas de golpe con antorchas de mil dedos.

Porque erase que la bruja solo necesitaba subirse a la silla para desenredar las estrellas, y solo se desencaramaba de la cama para dejarse arañar por la Luna. Y se dejaba besar hasta que temblaba el aire de la envidia, para que girara el viento intentando imitar a su pelo.

Porque el diablo quería encontrar el material del que se había forjado su bruja. Pues estaba hecha con algo mejor que el fuego de las energías imperecederas, con algo más extraño que el acero que brilla en el fin de cada supernova. Su piel era cuero curtido por un desliz de las gotas de lluvia. Y sus labios dos mares que no se dejaban ver en los mapas, pero que el condenado atravesó mil veces sin corriente ni alisios, sin timón ni brújula ni rumbo establecido por viejos navegantes.

Su alma el corazón del diablo, ahumado y cortado en tiras, para que lo devorara como ella quisiera, para darle y quitarle la vida, para que escribirle con tinta y sangre lo que sus deseos le ordenaran. Desde el más oscuro de los odios hasta el más tierno de los cuentos de hadas.

Y su voz no era para él sino el rolar del motor de la vida, el empuje del oxígeno por las carreteras del destino. Y su risa la cuerda que tira de la luz del Sol para arrebatársela al horizonte, y las carcajadas mil fuegos artificiales alumbrando los miedos. La razón del tembleque de los huesos, el sudor repiqueteando en las sienes, el tartamudeo de la saliva al contemplar su boca, el elixir de la vida, el desvelo en su propio funeral.

Por último sus ojos, un error en la monotonía del círculo cromático, un eclipse de aurora boreal, la extraña belleza de las tormentas de verano. Un atardecer en un arrecife de coral, el frío en el desierto, las quemaduras de los copos de nieve. La contradicción del tesoro de un dragón, que no puede ser vendido, que no puede dejar de ser observado. Eran el privilegio que pocos segundos otorgan, las gemas mas curiosas ocultas en un cofre de pestañas.

Así erase una vez un ansia desbocada, un desvivir inmortal, un vicio incorregible, unos héroes enloquecidos, una derrota frente a las las sábanas. Erase una vez los malabares con los días libres, un despertar sin fin, una primavera incombustible, un invierno sudoroso. Erase una vez el cuento de la bruja y el diablo, erase una vez un final inacabado, una historia nunca escrita, una mirada boba y unas palabras enmudecidas que prometen continuar.

domingo, 31 de julio de 2011

Nirvana

Vengo de un lugar donde el Sol se amanece dos veces, donde el atardecer se duplica cada noche.

Vengo de un lugar donde el horizonte esta bajo tus pies, donde se encuentra el principio y el final del mundo. Donde la Luna brilla todo el día. Tan blanca como vapor de agua. Tan cercana que se funde entre las nubes y se deja arrancar un poco con el viento.

Vengo de un instante cosido al espacio con el agua y la luz. Donde el río habla y tú eres el único que escucha.

Vengo del lugar donde la lluvia cala hasta el alma y el Sol exprime hasta el sudor de tus huesos. De allí donde los pájaros tejen y ladran, y los murciélagos duermen en el jardín, donde las mangostas son los gatos y los búfalos sirven el desayuno.
De allí donde los pétalos se hinchan como globos, y las semillas explotan con fuego de metralla, y las hojas juegan a escupir burbujas.

Vengo del lugar donde los recuerdos son tan indelebles como las fotografías, donde no hay cicatrices suficientes para conmemorar cada bocanada de aire.
Del lugar donde los dioses pasean por las calles montados en elefante, y son los rinocerontes los que trazan los senderos del destino. Donde Buda hipnotiza con su mirada universal y Shiva grita con cantos de sirena.

De allí, bajo la cascada y el silencio, entre la selva y la tormenta. Con el sabor del té y del arroz. Caminando por el cielo del arrozal, donde la selva abre sus fauces para mostrar sus dientes de firmamento. Con el decorado de las montañas disfrazadas de nubes. Con las horas descalabradas y los días contados con dosis antimalaria. Del lugar que se echa de menos nada más llegar, que espera tu regreso cuando aún no le has conocido. Donde los árboles de los ojos se llenan de lágrimas cuando presienten tu marcha, y el paisaje se inunda de la tristeza de las despedidas.

Vengo de allí donde el Nirvana es lo único que se huele en el aire, donde lo único que se oye es el ensordecedor eco del camino. Ese eco que emborrona los sentidos, que se funde con tus pensamientos, que te atrapa y no te suelta, que envenena y no mata, que te domestica mientras te obliga a ser libre. Que se vierte sobre tus venas hasta hacer fluir la sangre, hasta ser la mejor de las drogas, hasta descubrir nuevos colores, hasta ser el único sendero que seguir, hasta ser el único lugar en el que vivir para siempre.

jueves, 9 de junio de 2011

La vuelta al mundo.

Ven, corre ven, que vamos a escondernos del amanecer toda la noche, para no dejar de ver la Luna, para que no nos encuentre la luz. Para que nuestro viaje sea eterno y nos dé tiempo a contar los planetas.

Ven, y prométeme que no pararás, prométeme correr contra la fuerza de la gravedad, hasta sobre los huesos de mis hombros, que yo nadaré hasta en el sudor de tu vientre, hacia el mar donde resuena tu grave corazón. Bum,Bum. Bum,Bum.

Ven, que te he enviado mis orejas en una caja, pero por favor devuélvemelas, que no puedo dejar de escucharte. Que yo te prometo volver a pintar la Noche Estrellada, sobre el cielo de tu habitación. Y el Guernica, lleno de Girasoles y trazos fluorescentes. Y que la Mona Lisa frunza el ceño de envidia al contemplar tu sonrisa. Y que seas la Chica de la Perla, con la Luna alumbrándote el cuello, colgada de tus oídos.

Ven, que vamos a saltar como masáis mientras dure la oscuridad, mientras las hogueras sigan encendidas. Y de un salto cerramos la persiana, y en dos nos sentamos sobre un eclipse, y en tres volcamos la arena de las horas, y sigue el viaje.

Ven, corre, ven! Regálame otra vez tu olor, no me dejes sin tu seda, sin la bóveda celeste de tus lunares. Regálame el camino de rocío que une tu espalda con tu lengua. Regálamelo todo, que yo a cambio de nada seré tu gondolero, y abriré todos los canales venecianos para ti, y te llevaré Venecia a todas partes. Y ni acordeón ni violín, sólo cuentos que le den sabor al silencio.

Vamos, no te pares! Que las carcajadas no están prohibidas aún, que husmear entre tu pelo aún no es un pecado, pero podemos conseguirlo. Corre, agárrate fuerte, que esto no es producto d las drogas, ni del amarillo de los coches, ni de la realidad distorsionada del reflejo de los charcos. Que aún quedan mil fotografías en la recámara y mil gotas de lluvia para empapar de labios.

Ven, que hoy vamos a arrojar al mar el hacha de guerra, y nuestros mensajes de humo serán pesadas nubes de tormenta, y nuestros rostros los pintaremos a mordiscos. Así trenzaremos nuestras melenas y las teñiremos con truenos, y las tejeremos con el morado de la aurora boreal. Así cabalgaremos apelo por la llanura del mundo, modelando nuestros cuerpos con el goteo de las estrellas fugaces, puliendo carne y hueso con la arena de las sábanas. Así este piel roja tallará un tótem en la roca, con el tomahawk del viento.

Vámonos, corre, deprisa, acompáñame a las antípodas y a los pies de mi cama, déjales abrir mil senderos con sus pasos de almohada.

Vámonos, que voy a colgar tus bragas del colmillo blanco de la Luna, que voy a perder la calma entre tu oscuridad.

Vámonos y escucha, que el mástil de esa guitarra sostiene las velas hinchadas de nuestra nave, y si se detiene la melodía esperaremos tumbados a que llegue el ritmo de la siguiente canción, aunque nuestra música nunca se para.

Vamos, caza conmigo a los canguros de la locura, que yo haré boomerangs con todos los besos. Y con mis dedos una cerbatana de lija con dardos de terciopelo.

Vamos! Cruza conmigo la selva, y si te cansas seré árbol de mil ramas y de copa de mil grados, para que te acurruques junto a los koalas de pereza de mis axilas, y tus piernas se enreden en las mías, hasta que nos cubra una calma de lianas y hojas secas.

Ven, corre! Vámonos de este lugar, vámonos a dar la vuelta al mundo, vámonos a estrellar mi planeta contra el tuyo, a recorrer la superficie terrestre, como una idea inyectada en la realidad, trastocando el significado del universo, dando un nuevo sentido a la vida, olvidando en un giro la soledad. En un segundo, la muerte. A la velocidad del rayo, la cuenta de las tardes que llevamos girando.

jueves, 28 de abril de 2011

Tras kilómetros de silencio

Se licuan las retinas al final del túnel, se disipa la niebla de luz y cae la lluvia de los bostezos medio muertos, el granizo de los pensamientos entrecortados, los copos de nieve de las pestañas cubiertas de polvo.
Sube el agua, se hielan los pies, se encharcan las entrañas y se ahoga la respiración, pero en el cuello solo humedecen los deseos de las sogas, que nunca llegan para acabar con el sufrimiento de una vez.
Me recorre un enjambre de escalofríos, una maraña de piel de gallina, un hormigueo de temblores y de arcadas venenosas.

En el horizonte letras incomprensibles, mensajes subliminales que sólo gritan en mis oídos. En mi rostro el roce de las cortinas de humo, el recorrido de las lágrimas con sabor a mostaza, los párpados caídos bajo el peso de la rutina.

A pesar de todo sigo pensando en ese desierto de piel y suaves dunas, tostado por el Sol de primavera y pulido por algo más ligero que la brisa del mar. A pesar de todo me queda el recuerdo de ese oasis que nace bajo las sombras del ombligo, de aguas cristalinas y olor a café.

La voz correosa del aburrimiento se me atraganta en las conexiones nerviosas, que empiezan a toser, que cortocircuitan, que siembran chispas de las que sólo brotan fuegos artificiales, que se marchitan por el pesticida de la realidad.
Intento huir de esta jaula sellada por dentro, de esta red tejida con el hilo de los acontecimientos que no significan nada. Pero sólo consigo andar por el borde de la ventana y por el marco de la puerta. Sólo consigo comer un poco de aire para que me sople el dolor en el estómago, para que me arrastre algún tifón escondido o me ahoguen las burbujas que duermen entre los a´tomos. Para que alguna marea extraña me traiga los retortijones que me recuerdan que sigo vivo.

Ya nada se entiende, ni sorprende, ni se siente. Ya no pasa el tiempo, el vagón de metro continúa su trayecto, silencioso, ya no hay hambre ni sed, ni olor ni sabor, ni música ni suelo bajo mis pies.

Pero a pesar de todo ahí sigue la calmada superficie del océano, repleta de las fotografías que nunca hicimos, aunque nunca conseguirán limarlas de mis retinas. Y ahí sigue su mirada, saludándome con las olas del mar, y su pelo, que parece siempre despedirse con el siguiente soplo de viento. Aunque se que su olor y su voz de cabellera no abandonarán nunca mis mejillas.

Sobre mis brazos mi pobre cráneo abatido con tiros de sueño, con pólvora de horas agotadas. A mis pies mi alma hasta los huevos de tantas letras sin importancia, de tantos gritos de acupuntura que retuercen más mi espalda. Y en el suelo mis huevos caídos, esperando a que vuelva esa sonrisa que parece dar la vuelta al mundo en ochenta días cada segundo que no está.

Y me despierto en una tormenta de miradas burlonas, pero entre la multitud están sus dientes de colores, de los colores que yo quiera. Que me dedican un guiño, que me llevan a pasear por las nubes con sus hilos dentales, como un racimo de globos para este payaso sin flores, para este humorista de zapatos tan rotos que han comenzado a gritar.

Así, después de todo, consigo que algo escape, que algo vuele, que algo sienta la brisa, que algo deje de toser, que algo invente e imagine, que algo destruya el mundo, pieza a pieza, verso a verso, palabra tras calada, instante a instante.
Después de todo aquí seguimos, tras kilómetros de silencio, bajo la muda anarquía, entre colillas llenas de hiedra y vasos cubiertos de musgo, entre alucinógenos humeantes y entrepiernas en llamas, entre los hielos sedientos de ron y sus grados sudorosos en las botellas. Entre las lenguas soldadas a paladares ajenos y dedos que no se cansan nunca de andar más y más profundo
.

domingo, 6 de marzo de 2011

Poema sin versos.

La luna entreabierta para que nos mire el cielo. El Sol, amoratado tras tropezarse con los edificios, se levanta otra mañana y se limpia sus heridas, y lo llena todo de nubes de sangre. Mientras tanto las estrellas vuelven a sus casas celestes, demasiado borrachas de vía láctea.

Aquí abajo me inundan las esquirlas de los sueños sin dormir, y la oscuridad que se cuela entre los bostezos. Y un mar de montañas que me hunden las montañas en los párpados.

Entonces recuerdo las caricias de tus sonrisas, y el atardecer en el mar de tu escote, y se marchan volando las ramas de los pájaros y se extienden por el suelo las plumas de los árboles, y me sopla el corazón y me late el viento, y ya no sé ni lo que digo.

Así me quedo con el terciopelo de tu cuello, que le lima las zarpas a mi realidad y con tus vasijas de saliva que bebo hasta reventarme, aunque nunca lo consigo.

Para acabar me desangro de mis palabras, que me encogen el alma, y lo mancho todo con ellas. Hasta que se me cierran sus heridas, hasta que cicatrizan las gotas de tinta sobre el papel, hasta que me lleno de tus imágenes y no queda nada que decir.

viernes, 18 de febrero de 2011

El Tiempo, la morfina de Palabras y el Pez Payaso

Un segundo, y esa sacudida en la calma, ese frío húmedo en el estómago, ese vacío que tritura las entrañas. Esas burbujas de ácido que disuelven la poca paciencia que queda por digerir.
Cataratas que no saben si suben o bajan en un mar negro, alejado de la luz, aferrado a mil puños cerrados que odian al aire y a sus dientes.

Un minuto, y algo se prende entre neurona y neurona, algo araña las enredaderas cerebrales, algo amorata las emociones y ensordece las ideas. Un cable se queda sin tormenta entre la nuca y la lengua, entre un arco sin flechas y las cuerdas vocales de un violín desafinado por la rabia.

Una hora y las ramas del corazón pierden el otoño, florecen las gotas de rocío al respirar. Las raíces cardíacas navegan entre la escarcha y se encadenan a mil dolores. Mil dolores sin espinas ni pétalos, sin perfume ni nada para calmar su sed.
Los latidos se siembran al azar, se esconden con los faunos, juegan a encontrar a los duendes. Duendes que narren las historias cotidianas de las hadas, o cuentos de los que se tatúan a las ninfas, y las amordazan con versos imposibles. Pero sólo hay genios con los deseos oxidados, y sirenas mudas sin océano, y dragones sin queroseno suficiente para sus llamas.

Un día, y sus promesas me ordenan los vendavales y se me escapan graznando las sonrisas. Los fotogramas de sus labios me navegan por la memoria, me combaten el temporal. Cálida lluvia en una isla desierta, espuma de esperanzas en una playa de cal. Rizos de tifones acariciando mis pestañas.
Su agua caliente de palabras se lleva el no dormir y el veneno de la memoria, y las cuchillas de cansancio y furia que me desangran por dentro. Que me degüellan y me vuelven a degollar, que me llenan de alfileres y de calambres.

Y desciendo por la escalera de caracol de su garganta. Hasta encontrar la risa descontrolada, los relatos de suspiros y silencio que se leen sólo al correr los párpados. Así, en un segundo, en una hora o en un día cualquiera. A cada instante y en cada momento, en cada gramo de tejido a medio revivir, en cada esquina del aire que me pongo a respirar. Así me dejo llevar por las yemas de sus dedos, que me arrastran río abajo con sus caricias. Hasta la más profunda tranquilidad, hasta una cueva submarina desbordada de suavidad, donde las burbujas azules del enfado ascienden hasta colorear un poco más el cielo. Hasta un tesoro de esponjas y de estrellas de mar,. Hasta que me quedan los huesos y el coral de mis costillas, y las anémonas de sus besos.
Hasta que un inquieto pez payaso por fin concilia un profundo sueño, mientras el resto del mundo continúa a la deriva.

viernes, 4 de febrero de 2011

(Des)cosiéndome

Se arroja el tiempo a la cesta de la ropa, que le hace falta un buen lavado, para que deje de extender el polvo entre los huesos. Y suavizante, para que las sierras de segundos no desgarren ni piel ni alma.

Los ojos en el perchero, junto a las luces encendidas y los párpados demasiado abiertos. Para fundir un poco la realidad y dejarse cegar por las ideas inconexas.

El cuero cabelludo sobre la mesa, que ya se ha curtido suficiente por hoy. Demasiados datos que no sirven para nada. Insuficientes dudas existenciales. Siempre pocos recuerdos de vaho e innecesaria responsabilidad.

El crujir de las articulaciones se guarda para otro momento. Los músculos sisean, desperdigados por el suelo, reptando para atrapar los ratones del aliento contenido, y los pájaros de la escarcha de lo que siempre falta por decir.

Y las arterias en una caja de espirales, a una guitarra y dos calles de distancia del corazón, que siempre se queda con quién más lo quiera.

Los pies se arrugan por el agua de lluvia, de tanto andar por el cielo, de tanto no saber encontrar tierra firme en ningún mar, de tanto no poder escapar de los charcos de dudas que trajeron los truenos de silencio.

Para acabar me libero de esas malditas cadenas. Esas malditas cadenas tejidas con tus palabras, cosidas con tu voz, que me ahogan y me desintegran, que me reconstruyen y me fijan de nuevo todos los pedazos de porcelana, que me recogen de entre los azulejos y me cuelgan de las manchas de humedad. Roto en voceos de pegamento. Son las ataduras que me amoratan el cuello, sin que me importe. Son las esposas que seccionan mis muñecas, hasta que sangro deseo con posos de miedo.
Deseo de disolver todos los misterios, de que vuelvas cuando sigues a mi lado. De que digas todo lo que sólo escribes, y de que escribas todo lo que pienses.
Miedo, de que me perdiera por el camino de lo que digo, hasta morir en el bosque lo que no hago. El miedo que produce el ácido de olvido que me corroe todos los recuerdos, que lo llena todo de los espumarajos de mis errores y de mi insensibilidad.

Entonces me abrazo al candado de tus suspiros que me encierra el desvelo, y me arropo con tu perfume de promesas. Y dejo que sea el sonido de tu cuello sobre el mío el que me cuente el último cuento de esta noche. De esta noche sin estrellas ni luna, sólo pereza y esperanza. Sólo un corazón volcado sobre las sábanas y la memoria de tu pelo entre las mantas para poder conciliar el sueño.

sábado, 22 de enero de 2011

ven

Ven, a que te muerda tus rayos de Luna con las pestañas. Ven, a que te quite el invierno de tus malos sueños con el abrigo de mi lengua y el Sol de mis palabras de otoño. Ven, a que descubra el pecado en tu piel, y la piel en mis dedos, y entre mis dedos el cielo nocturno. Y en medio de la noche ríos de ideas y mareas de horas sin dormir.

Ven, aque te cuente el principio de todos los cuentos, a que te explique de qué árbol cayó la poesía y qué pájaro mágico la hizo suya. Y De dónde nacieron los poetas. Ven, a que te saque los colores, a que acabe con tu paciencia, a que te quite el sueño y los dolores de garganta. No voy a dejar que tosas, ni que hables, ni que tomes el aire. Porque no hay enfermedad peor que ésta, porque no hay palabras ni hacen falta, ni se necesita respirar.

Ven, que vamos a ser libres, esclavos de un puñado de oscuridad, unas gotas de sudor y un montón de cucharadas de silencio.

Ven, que me acostaré en el olor de tu silueta sobre la almohada, me dormiré tapándome con el grabado de tu mirada en la puerta trasera de mis párpados. Y, finalmente, soñaré eternamente sobre el eco de tu voz diciéndome adiós, hasta la próxima despedida.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Déjame entrar.

Déjame entrar.

Déjame descubrir tu noche y quitarle las nubes. Llenarte de estrellas de sudor y descargas eléctricas. Déjame desempañarte esa tristeza sin lluvia ni truenos desconsolados. Déjame abrigarte de ese frío que te ahoga por dentro y refrescarte de esos yermos desiertos que guardas en tu interior. Déjame llevarme los granos de la soledad con mi brisa de palabras sin sentido aparente.
Déjame entrar y llegar al principio de todo, déjame descubrir tu mundo y llenarlo de silbidos de viento, y hacerlo girar en la dirección equivocada. Déjame colocar los pájaros de tu cabeza pluma a pluma, beso a beso. Déjame provocar un oleaje violento y rizado en tus ideas, déjame aferrarme a los pensamientos que se descuelgan de tus sienes y dejarme caer por la cascada de tu espina dorsal.

Déjame entrar y asomarme a tus pestañas, déjame mirar directamente al verde de tus soles, al menos cinco segundos, o tres o dos instantes, o lo justo para poder quedarme ciego. El tiempo suficiente para volverse loco. Déjame sumirme en tu negrura de melena hasta eclipsarme. Déjame tener miedo de ser libre. Libre de la jaula de tus párpados entreabiertos y de los barrotes de tus miradas de reojo. Déjame echarte de menos cuando aún no ha llegado la despedida. Déjame convertir los días en horas y las horas en estrellas fugaces y únicas.
Déjame ser un cobarde por no poder saltar fuera de tu ser, déjame ser temerario y arrojarme a tu vacío y llenarlo de todo lo que soy.

Déjame entrar más y más. Déjame entrar y quedarme. Déjame encender la oscuridad que duerme entre tus piernas. Déjame despertar los sueños absurdos que te arden en el pecho. Déjame apagar tus vicios con otros que sean más peligrosos y adictivos. Déjame alimentar tus obsesiones con los delitos que aún nadie ha escrito. Déjame contaminarte un poco con mi maldad de perro callejero, mientras me bebo gota a gota tu bondad infinita.

Déjame entrar, y quedarme, hasta que me agotes la eternidad, hasta que no queden más sonrisas tras las esquinas de tus labios, hasta que ardan nuestras enredaderas de dedos y sólo nos queden las cicatrices sin puntos de sutura, y las sombras de las raíces de los árboles.
Déjame zambullirme en tu ombligo y tapiarme la conciencia, y coserme tu piel hasta olvidar que un día fui sin ti. Déjame una vez , y otra y otra más, déjame esta vida y todas las demás.

Déjame entrar.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Los muertos

“un cementerio no es más que una extensión de tierra repleta de cadáveres en descomposición. Y una lápida? Una lápida no es más que la piedra para saber que cadáver en descomposición hay enterrado en cada sitio”

Mario Sánchez
http://susurrosentrelatinta.blogspot.com/

Esta es la historia del fin de la vida. La historia de los días en los que miraremos al cielo sin descanso, y con nuestros párpados cerrados. Es la historia de las ratas y de los árboles guardianes. Cuando lleguen esos días devoraremos la lluvia sin descanso y disfrutaremos haciendo crujir nuestras almas de tierra y gusanos. Los cuervos nos pasarán lista y los conejos se darán cuenta de que ya no hay más país de las maravillas. Entonces sonreiremos desde el otro lado, sonreiremos a todos los que desperdician su vida observando los nombres de los que ya se marcharon, bailando sobre un montón de códigos de barras de roca y musgo, con los que ni los gatos negros ni los espíritus de los que jamás se marcharon se paran a perder su tiempo eterno. Entonces el verde de nuestros ojos formará parte de las hojas de los árboles y el amarillo del alcohol que se filtró en nuestras venas estallará en mil primaveras cada vez que nos desvanezcamos un poco más de este mundo. Pensaremos entonces en toda la vida que quemamos hasta los cimientos, y en todos los recuerdos de aquellas bocanadas de aire que no llegamos a masticar por completo. Pensaremos en los errores que no cometimos y en los accidentes con vueltas de campana contra la realidad.
Y no nos levantaremos todos, porque seguro somos más y ahora es vuestro turno. Vuestro turno, vuestro momento en vuestro lugar. Es vuestra oportunidad para dejar de arrancar a los otros el único deseo que nos dio el genio de la lampara del ser. Porque en cada uno de vosotros se cruzaron los hilos del aire, el fuego, el agua y la tierra. Y el del destino, y el del tiempo y el de un montón de almas perdidas que como vosotros sólo buscaban un espíritu al que aferrarse para no hundirse en la soledad. Es vuestra vida, así que atragantaros con ella hasta que no soportéis más las arcadas de felicidad y ya hayáis vomitado un poco de vosotros mismos en cada milímetro que quede a vuestro alcance.

Mientras, nuestros pulmones serán pasto de los gusanos y devolverán todo el aire que tomaron a los tornados y las tormentas, y los pájaros podrán volver a alzar el vuelo. El valor de fuego que nuestros corazones desperdiciaron en cualquier rincón oscuro de nuestro pecho será lanzado al espacio, para que lo cojan las estrellas, o los rayos de Sol con las bombillas fundidas o cualquier viajero perdido que necesite un poco de calor y de latidos nerviosos para atreverse a seguir navegando. Y nuestros pies serán todos los caminos que queden por recorrer y todos los malditos rumbos que sigan los barcos ala deriva. Y nuestra sangre se filtrará en la tierra y hará correr los ríos, de tinta para seguir imaginando y de aguas cristalinas para seguir aguantando al respiración. Hará morder a las manadas de lobos mientras, en las antípodas del mundo, un niño no sabe que decir al ver su vida clavada ante su mirada, así que decide llorar.

Entonces daremos todo lo que nos quede por dar, y a cambio tomaremos una pizca de luz de Luna y de atardecer, y con ella haremos crecer la hierba y las ganas de las ramas de los árboles de llegar al cielo. Y los perro aullaran en nuestro honor y los hombres bailarán alrededor de las hogueras. Y los muertos seguirán viviendo en el mundo y el mundo seguirá viviendo de los muertos.

Esta es la historia para el que viaja entre mundos que aún no han sido creados y los que se destruyen cada vez que se terminan las acuarelas; esta es la historia de los vivos y de los muertos, para el que que hace que muertos que nunca existieron estén algo más vivos y que hace que a los vivos les valga la pena estar cada día un poquito más muertos.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Otra mañana

Otra mañana repleta del parpadeo de yunques, otro amanecer con ganas de atardecer y de telarañas de sábanas. Otra vez el colchón de faquir grapado a mi dolor de espalda y los martillazos adictos a mi dolor de cabeza. De nuevo una mañana en la que no paran los sueños a ráfagas ni los bostezos de repetición. Simplemente otra mañana.

Otra vez ese viento helado de agua oxigenada y esa noche medio desteñida que no termina de hacerse invisible. Otra vez la jodida corriente de fantasmas que se chocan contigo sin mirarte siquiera, pensando que aún te pueden atravesar, con sus cadenas de escaleras mecánicas y su purgatorio de estaciones de metro. Otro tren harto de su ruta establecida, enganchado a los intentos de trompos y tirabuzones. Y mi estómago vacío le sigue con vueltas de campana de aroma de café.
Otro vagón dudoso de avanzar, que se sienta a pensar en la oscuridad. Otra vía recta con ganas de reptar.

Y se repiten las filas. De nubes y de árboles y de muros garabateados de graffiti . Y de mentes en día nublado, almas en bosque sin caminos y corazones buscando su propio color.

Todo continúa su curso interminable y continuamente colapsado. El tiempo se atasca y corre a trompicones y los segundos me resbalan de las sienes y se me pegan a las suelas de los zapatos. Me gritan que pare, que quieren observar el paisaje, disfrutar de la vida que pasa con ellos tras la ventana. Que quieren acabar con el ogro del destino, con sus antorchas de relojes de arena y con sus garrotes viles de manecillas giratorias; que ahorcan poco apoco hasta azular la piel del cielo y hacer salir a la Luna de su órbita.
Y mientras tanto el agobio y la agonía de querer seguir durmiendo empaña los cristales y el vaho de la inconsciencia me corre las persianas de pestañas. Las retinas se apagan y se vuelven a apagar, parpadeando con cada uno de los estertores del despertador.

Así que vamos a echar el ancla en el fondo del pecho, que ya se oyen los tesoros marinos de tu recuerdo de ojos verdes y arena de mejillas de aguas cristalinas. Y tu melena de arrecifes de coral me hace encallar sin solución.
Así, finalmente, las palabras son arpones y quieren cazar a las ballenas de tus deseos, hasta que sólo queden tus abrazos de sirena silenciosa flotando a la deriva, hasta que me atrapes para siempre. Hasta que de nuevo, otra mañana de resaca de pesadillas y de náuseas de insomnio, tu marea me empuje a seguir despierto.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Bienvenido a la Selva

Bienvenido a la selva. Bienvenido a ese lugar donde las sonrisas se roban con el puño cerrado, donde se abraza por la espalda para que te olvides para siempre de tus costillas. Bienvenido al palacio de la incompasión, donde los niños tiñen sus bocanadas de aire con hollín y malas palabras.

Aquí la piedad se cambia por pisadas en el alma y el amor por besos a botellas vacías. Y si truenas calma lloverán golpes y puñaladas traperas. En este bosque de maldad solo quedan ratas cobardes persiguiendo a los lobos solitarios, que sólo pensaban en la Luna llena que sigue oculta tras esas nubes de hielo perpetuo.
Puedes huir pero no esconderte, puedes gozar de hacer sufrir pero no cesar tu sufrimiento. En las copas de los árboles reinan las pesadillas de cada esquina y las sirenas brillan en azul y en rojo, y sólo cantan terror.

Bienvenido al reino del miedo y de las manos cubiertas de sangre. Bienvenido al imperio de los falsos y de los títeres de caras amargas y corazones de hojalata. Aquí las murallas encierran a las mentes que intentaron volar fuera del mundo para encontrar otro planeta mejor por el que luchar. Aquí sólo quedan ya ríos de dolor y mares de moratones. Y un enorme océano de temblores.

Bienvenido a la selva. Unos decidieron morir, mordieron sus venas y las secaron al Sol del sueño sin sueños. Otros decidieron sembrar amenazas para recoger lágrimas y calderilla de los bolsillos. Lagrimas, para olvidar sus tristes vidas y calderilla, para matar a la pobreza de sus cráneos vacíos.

Bienvenido a la selva donde sólo unos pocos decidieron luchar. Unos pocos que se lanzaron al vacío para impedir que te ahogaras en la nada. La minoría irreductible, incorregible y loca de atar. El club de los inconscientes. El ejército de desesperados por la esperanza, los espartanos sin Termópilas y sin lanzas ni escudos. Sólo música y entrechocar de nudillos, sólo besos, sudor de lava y unas gotas de tequila. Para que el corazón no deje de latir.

Bienvenido a la selva, que aquí no estás a solas. Que no se cansa el que intenta regalarte sueños de papel y acuarelas. Yo traeré lo que pidas, tu traeme tu felicidad y tu voz de luz y de nubes. Yo te alcanzaré los deseos que no te dio el genio de lámpara. Si prometes no dejar de bailar, si prometes no apartar la mirada, si prometes seguir bebiendo a mi lado. Y si vuelven las ratas ignóralas, que los lobos no pararemos de aullar a tu lado, y si graniza desprecio aráñale la mirada. Y lucha como una leona, y grita con el sabor de la libertad en la lengua y con la textura de la alegría entre los colmillos.

Por todo, por luchar, por los lobos y las leonas, por la luz de la Luna llena que brilla en el cielo, porque resuene el eco de nuestras pisadas en el universo, por las sonrisas adictivas y los tatuajes de las noches que se salieron del tiempo. Por el miedo y las pesadillas, por el valor y los sueños que nos quedan por encontrar. Por ti y por mí, Porque ésto sea lo más grande que nos ha ocurrido.

Por todo, por la felicidad, por la vida, bienvenido a la selva.

martes, 9 de noviembre de 2010

Al Mar

Caminando por la playa, con el viento tejiendo y destejiendo ideas, y arrancando desvaríos de la tempestad de cabellera. Las huellas sobre la arena, que durarán lo mismo que el rastro de nuestra vida en la historia del universo. Menos que el brillo de una estrella fugaz al fondo de nuestras retinas y más que la paciencia previa al siguiente beso.
La cabeza en las nubes, rodeada de gaviotas, y la mirada perdida sin brújula, ni mapa ni X que encontrar. El horizonte un poco más torcido al entrecerrar los ojos para ver el otro lado. Y la marea tirando un poquito cada noche del reflejo de la Luna, que está harta de tener que subir al cielo a buscarla.

Encontrando conchas de corazones,rotas de desbordarse en arritmias e infartos de miocardio. Por encontrar las mejillas adecuadas en las que acurrucarse, o un hueco de cuello en el que adherirse a mordiscos. O la caracola de nuca desnuda en la que dejarse arrullar por las corrientes marinas.
Las manos llenas de espirales de la superficie, del subir y bajar de la respiración de las profundidades. Llenas de la suavidad de tus dunas, hechas de arena de piel y de dormirse escuchando el movimiento de los fondos marinos.

Observando botellas de cristal, vacías, desgastadas por la vuelta al mundo, sin mensajes de náufragos ni de tesoros piratas, sin un genio que conceda tres deseos. Sólo con recuerdos de embarcaciones que se hundieron en las tinieblas para dejar pensar, para olvidar sus historias de ron y sangre, y pólvora. Para dejar que les cubrieran los corales y las algas. Para dejar dormir a los tiburones, hartos ya de tantas filas de dientes y de tanto moverse y de tanto arrancar dentelladas de vida. Y de tanto no saciarse nunca y de no encontrar un puerto que les lleve al infierno o a cualquier lugar seco en el que morir para dejar de ahogarse.

Navegando por donde se encuentran dos mares de piernas de mujer. Con olas de sábanas y saliva, de los labios que intentan llevar al cielo a su sirena . En un navío hecho de las caderas que empuja un vendaval de instintos y artes de luces apagadas. Con el viento en popa y a toda vela, aunque las velas estén todas en llamas y la popa haya decidido ser parte del infinito universo de agua. Aunque el viento haya perdido el norte y ya no sepa volver a parar.

Caminado por la playa, con el viento tejiendo y destejiendo ideas; encontrando conchas de corazones, rotas; observando botellas de cristal, vacías; navegando por donde se encuentran dos mares de piernas de mujer. Encontré sueños de cuevas submarinas en las que querer ahogarse. Sueños de sal de sudor y de lenguas de tierra con ganas de recorrer los siete mares, buscando la felicidad donde echar el ancla. Sueños sin bandera ni dos tibias ni calavera. Sueños de islas desiertas en las que varar contigo para siempre.

Encontré los sueños del mar y los océanos y decidí seguir soñando.

lunes, 1 de noviembre de 2010

En el fin del mundo

Y cayó la Tierra. No más rifles, no más sables ni gritos de pánico. No más balas, no más niños matando a padres ni padres enterrando a hijos. No más ciudades ni montañas de humo, no más ríos de ácido ni lluvia de sangre. Sólo cimientos.

Porque cayó la Tierra. Y se llevó las palabras, y los besos y las carcajadas sin consuelo. No más globos de agua, no más muñecas durmiendo protegidas por las noches, ni niños abrazando sus peluches. No más castillos de arena ni nubes de burbujas, no más mares de tinta ni tornados de témperas. Sólo silencio.

Porque cayó la Tierra. Y no dejó nada entre el cielo y el infierno. No más almas en pena que proteger. No más espíritus malditos por los que luchar. No más sentimientos, no más pecado.

Y entonces los ángeles se quedaron solos, sin nadie a quién guardar. Y los demonios cayeron en la miseria, sin nadie a quién condenar. Y en el cielo la luz de Dios empezó a oscurecerse y en el infierno Lucifer perdió las ganas de reducir el mundo a cenizas y materia oscura.

Y Dios se marchó, ya nadie le observaba, ya nadie intentaba escucharlo ni enviarle plegarias. Las bestias jamás tuvieron alma, no le necesitaban. Los océanos no cesarían su oleaje si Él se marchaba. Ni las hojas de los árboles ni la escarcha en las montañas dejarían de ser sin la presencia de su mirada celeste. Y así, sin una oscuridad a la que temer, sin una victoria por la que rezar y sin viajes que proteger con oraciones, Dios se marchó para siempre. Pues ya nada quedaba de esa gota de sí mismo que un día vertió en cada mente humana y que le mantuvo vivo, gracias al precioso don de otorgar la vida y guardar las almas por toda la eternidad.

Y Lucifer huyó, se despeñó por los límites del universo. Sin nadie a quién infundir temor, sin nadie a quién corromper, sin nadie a quién castigar. Se quedó sin sus pecados. Ya no le quedó ninguna Luz, ningún poder que envidiar, la lucha por los mortales había terminado. Se terminó la soberbia, sin un Dios al que considerar inferior. No había ya avaricia en su gélido corazón de magma, pues todo lo que valía la pena poseer y controlar había sido ya defenestrado hacia el abismo del no-universo. Ansió hacer cualquier cosa por dar sentido a su oscura existencia. Abandonó la pereza y sustituyó la ira por la agonía de la tristeza. Y ya ni la gula ni la lujuria pudieron ser saciadas con ningún siniestro poder, ni con ningún deseo de carne. Pues sólo quedaba la nada para satisfacer el hambre.

Entonces apareciste tú, en medio de ese lodazal de ángeles perdidos, condenados a soportar su eterna e insulsa existencia hasta que sus alas se fosilizaran en el paso del tiempo, y pasaran a ser parte de las cumbres de las montañas y de la corteza de los árboles. Apareciste de entre las sombras de ese apocalípsis silencioso. Con tu luz de ángel ya mortecina y tus alas rezumando lágrimas junto con gotas de dolor y arena de eternidad. Un ángel como cualquier otro. Un ángel sin sexo ni deseo alguno. Un ángel de ojos verdes de tanto reflejar el paraíso. Un ángel de melena de olas de mar y pestañas de corrientes marinas. Con labios de agua dulce y terremotos, y voz de cantos de sirena y aliento de dragón. Un ángel lleno sólo con el pequeño frasco de amor que Dios le otorgó en su creación y que ahora se desquebrajaba sin la presencia de vida humana a quién entregárselo.

Y decidiste fijarte en mí, en el más pobre e insignificante de los diablos. Desquiciado y loco. Con temblores que hacían retorcer mis huesos y sudores fríos que calaban mis vértebras. Los cuernos quebrados por los deseos de quebraderos de cabeza y las alas descosidas y la cola deshilachada. Elegiste al que ya no le quedaba oscuridad para dar, pues la que le restaba lo estrangulaba por dentro, apuñalando fríamente sus pulmones. Al que ya no podía infligir más miedo ni gritar más odio, pues de miedo y odio eran los alfileres de hielo que lo destripaban sin cesar. Elegiste al ángel caído que más se hundió en el fango, al que no se atrevía ya a alzar la mirada, que no quería hablar ni oír. Al que sólo le quedaba la soledad.
Me elegiste a mí, clavando el filo de tus pupilas detrás de mis sienes, decidiendo morir. Te lanzaste al vacío que ahora ocupaba el espacio entre cielo e infierno Me obligaste a alzar el vuelo en tu busca, a hacer jirones lo que quedaba de mis demoníacas alas, a desgarrar a todo engendro que si interpusiera ante mí. Me obligaste a matar. Y, mientras mi piel se convertía en en polvo de nada, tus alas se deshacían en llantos de plumas y empezaban a brotar lágrimas de tus ojos y a arder pasiones tras tus costillas. Y yo deseaba decirlo todo y verlo todo y escuchar a cada átomo vibrar. Pero sobraban las palabras que no paraban de reventar en arritmias y colapsos cerebrales, y nudos en la garganta.

Y en medio de aquella inmensidad ya no quedaron alas con las que volar, ni piel, ni nada que decir
Y sólo hubo dedos arañando la carne con infinito amor, y mandíbulas anclándose a los labios y saliva corriendo por las venas y sangre acurrucada debajo de la lengua.

Y ,en medio del vacío, en medio de nada, en medio de un mundo sin mundo ni Dios, ni pecados; entre el cielo y el infierno; el más bello de los ángeles se unió al más miserable de los diablos. Y por sus arterias fluyó la misma luz y el mismo aire lleno sus pulmones, y una sola mente decidió dejar de pensar y dejarse llevar. Y sus labios se cosieron hilo de sueños. Y se abrazaron con el manto de la cúpula celeste bebiéndose la vía láctea. Y diablo y ángel fueron uno y estallaron en llamas de vida, y prendieron el mundo,y la tormenta lo llenó todo de viento y rayos.

Y de nuevo surgió la Tierra. Una Tierra por la que valía la pena matar, una Tierra por la que valía la pena morir. Una Tierra por la que valía la pena ahogarse y hundirse para siempre en el abismo de una nueva eternidad.

martes, 12 de octubre de 2010

C A O S

Ayer fue día diez del mes diez del año dos mil diez de una era que ya carece de sentido. Hoy es día once del mes diez del año dos mil diez de una época que ha perdido el rumbo. Mañana será otro día, con sus números y códigos de barras, con fecha de caducidad y prospecto de contraindicaciones.

Mi nombre no importa, el tono de mi voz es obviado, el color de mis ojos menospreciado y el significado de mis palabras considerado insignificante. Mi paso por el mundo se considera despreciable y mi marcha de él una mera X en otra lista perdida en algún archivo de estadísticas.

Mi rostro lo determinan patrones gestuales, dos fotos carné y una ficha policial de un crimen que nunca cometí. Yo soy cinco, siete, dos, cuatro, cuatro, nueve, ocho, uno Z y R, J cero, seis, seis, cero , uno. Mi ficha dental consta de tres empastes y las cámaras de seguridad de todo el mundo han contrastado trescientas cincuenta y tres imágenes preciosas de mi dedo corazón.

Ellos esperan que callemos, que agachemos nuestras cabezas mientras ellos observan y escuchan. Que no lo entendamos, que no nos demos cuenta. Ellos esperan que a este lado yo no escriba y al otro vosotros no leáis. Así pues yo haré como que no escribo, como que no entiendo ni quiero entender. Como que no me doy cuenta de ese código de barras hecho de escáneres de retina, huellas dactilares y cortes de manga a sucursales bancarias.
Vosotros haréis como que no leéis, como que sólo os preocupa la victoria de un equipo de fútbol o los seis kilos de pectorales que necesitas para no odiar tu imagen en el espejo. Como que os avergüenza saber más, pensar más y sentir más.

Así, mientras nosotros interpretamos nuestro propio papel, ellos actúan con sus llamadas telefónicas y con sus satélites y con sus ositos de peluche repletos de micrófonos. Tú lo sabes, yo lo sé. Así que gira todos tus viejos juguetes hacia la pared, apaga la webcam, cierra las ventanas, sube el volumen de la música, pinta los ojos a todos tus cuadros, atranca la puerta y escribe todo lo que pienses y lee todo lo que quieras pensar; colapsa la red y las líneas telefónicas, roba un camión y abandónalo en mitad de la autopista, haz arder los bancos y las tiendas de joyas, reparte speed a los presos de las perreras y los zoos y envía machetes a los psiquiátricos y ametralladoras a los geriátricos. Enseña a romper huesos a las mujeres maltratadas y encadena a sus maridos a la cama.

La actividad neuronal sube, algo falla en sus predicciones , los comatosos despiertan de su letargo, desciende la audiencia televisiva, el electroencefalograma ya no está plano y sus alarmas no dejan de sonar. Lo saben. Sus helicópteros se elevan y sus balas ascienden a la recámara. Los satélites intentan triangular nuestra posición en algún centímetro de la Tierra mientras sus focos llenan el cielo; sus perros husmean y sus informáticos rastrean nuestra señal. Intentan sembrar el caos, intentan hacernos pensar que les necesitamos. Revientan presas y queman alimentos, hunden la economía y ahogan a los mineros en sus túneles. Bombardean campos de refugiados y liberan algún nuevo virus en alguna guardería.

No nos pueden ver ni oír. No nos pueden hipnotizar ni aterrorizar desde el otro lado de la pantalla. Somos demasiados. Cambian números y billetes de avión y añaden delitos a tus antecedentes. Detienen a la persona equivocada. Ahora Marie Fillong es Louis Betancourt, ya no es profesora de preescolar sino traficante de cocaína, en su bolso no hay compresas sino una nueve milímetros y CDs de pornografía infantil. Ya no es francesa sino tailandesa y ya no le caen 12 años sino un pelotón de fusilamiento.

Los aviones de combate tapan el Sol y las sirenas de sus coches acaban con la noche y su silencio. Mi puerta retumba y tus persianas filtran rayos de luz. El suelo tiembla, apagón en Nueva York, las líneas cortadas, los radares no funcionan. No hay calefacción al sur de san Petersburgo ni gasolina al este de Arabia Saudí. Los niños lloran y los banqueros se arrojan desde los balcones de sus apartamentos de lujo. Siguen buscando, la puerta sale despedida, los cristales se quiebran y el perímetro se controla.

Los cañones se clavan en mis sienes y los focos te ciegan.

Pero la tecla está pulsada, , todo está en vuestras mentes, ya no hay dinero en los bancos, no hay quién dé órdenes; ni edificio desde donde enviarlas ni archivos donde almacenarlas. Ya no hay leyes ni fronteras ni propiedad privada. Ya no hay límites para la libertad ni los derechos. Ya no hay límite de velocidad. Ya no hay horario laboral ni niveles de alcohol permitidos.

Ya sólo nos queda la sonrisa en la cara y el grito al cielo en las calles. Y atracos a las bibliotecas y las barricadas de carteras en llamas. Los poetas llenan las paredes y los actores solo tienen todos los tejados para representar. Y el suelo se llena de pintura y los presos lloran de alegría sentados en los muros de sus cárceles. Y la humanidad se besa y se abraza y baila alrededor de dólares hechos cenizas. Y ya sólo nos quedan nuestros nombres y el sabor de nuestras carcajadas y de nuestra sangre, y el olor a sudor y a leña y el peso de un millón de miradas llenas de curiosidad. Ya sólo nos queda sembrar el mundo de libros e iniciar la creación de mil bosques. Ya sólo nos quedan mil nuevas generaciones por venir y mil relatos por contar , pero sólo una historia por seguir escribiendo.