jueves, 28 de abril de 2011

Tras kilómetros de silencio

Se licuan las retinas al final del túnel, se disipa la niebla de luz y cae la lluvia de los bostezos medio muertos, el granizo de los pensamientos entrecortados, los copos de nieve de las pestañas cubiertas de polvo.
Sube el agua, se hielan los pies, se encharcan las entrañas y se ahoga la respiración, pero en el cuello solo humedecen los deseos de las sogas, que nunca llegan para acabar con el sufrimiento de una vez.
Me recorre un enjambre de escalofríos, una maraña de piel de gallina, un hormigueo de temblores y de arcadas venenosas.

En el horizonte letras incomprensibles, mensajes subliminales que sólo gritan en mis oídos. En mi rostro el roce de las cortinas de humo, el recorrido de las lágrimas con sabor a mostaza, los párpados caídos bajo el peso de la rutina.

A pesar de todo sigo pensando en ese desierto de piel y suaves dunas, tostado por el Sol de primavera y pulido por algo más ligero que la brisa del mar. A pesar de todo me queda el recuerdo de ese oasis que nace bajo las sombras del ombligo, de aguas cristalinas y olor a café.

La voz correosa del aburrimiento se me atraganta en las conexiones nerviosas, que empiezan a toser, que cortocircuitan, que siembran chispas de las que sólo brotan fuegos artificiales, que se marchitan por el pesticida de la realidad.
Intento huir de esta jaula sellada por dentro, de esta red tejida con el hilo de los acontecimientos que no significan nada. Pero sólo consigo andar por el borde de la ventana y por el marco de la puerta. Sólo consigo comer un poco de aire para que me sople el dolor en el estómago, para que me arrastre algún tifón escondido o me ahoguen las burbujas que duermen entre los a´tomos. Para que alguna marea extraña me traiga los retortijones que me recuerdan que sigo vivo.

Ya nada se entiende, ni sorprende, ni se siente. Ya no pasa el tiempo, el vagón de metro continúa su trayecto, silencioso, ya no hay hambre ni sed, ni olor ni sabor, ni música ni suelo bajo mis pies.

Pero a pesar de todo ahí sigue la calmada superficie del océano, repleta de las fotografías que nunca hicimos, aunque nunca conseguirán limarlas de mis retinas. Y ahí sigue su mirada, saludándome con las olas del mar, y su pelo, que parece siempre despedirse con el siguiente soplo de viento. Aunque se que su olor y su voz de cabellera no abandonarán nunca mis mejillas.

Sobre mis brazos mi pobre cráneo abatido con tiros de sueño, con pólvora de horas agotadas. A mis pies mi alma hasta los huevos de tantas letras sin importancia, de tantos gritos de acupuntura que retuercen más mi espalda. Y en el suelo mis huevos caídos, esperando a que vuelva esa sonrisa que parece dar la vuelta al mundo en ochenta días cada segundo que no está.

Y me despierto en una tormenta de miradas burlonas, pero entre la multitud están sus dientes de colores, de los colores que yo quiera. Que me dedican un guiño, que me llevan a pasear por las nubes con sus hilos dentales, como un racimo de globos para este payaso sin flores, para este humorista de zapatos tan rotos que han comenzado a gritar.

Así, después de todo, consigo que algo escape, que algo vuele, que algo sienta la brisa, que algo deje de toser, que algo invente e imagine, que algo destruya el mundo, pieza a pieza, verso a verso, palabra tras calada, instante a instante.
Después de todo aquí seguimos, tras kilómetros de silencio, bajo la muda anarquía, entre colillas llenas de hiedra y vasos cubiertos de musgo, entre alucinógenos humeantes y entrepiernas en llamas, entre los hielos sedientos de ron y sus grados sudorosos en las botellas. Entre las lenguas soldadas a paladares ajenos y dedos que no se cansan nunca de andar más y más profundo
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